jueves 31 de diciembre de 2009

Diario June (X)

12 de Febrero , sin año conocido.

Azadas son la hora y el momento
que, a jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan en mi vivir mi monumento



Hoy es doce de febrero. Ya va quedando menos para que pueda pasearme con mi falda de colores entre el gentío. Estoy con muchas ganas de poder mancharme los dedos con el algodón de azúcar. Son como críos los años que se pasan de largo, los que no montan en las atracciones, los que de vez en cuando niegan con su cabeza que todo tiene un principio y un fin. Esos años que pasan de largo son los coches de choque, la noria que marca el territorio, los pequeños vagones que trazan círculos en vías esclavas del paisaje. Está ahí, en las calles improvisadas de la feria, el sudor que se quedó en los caminos, como queriendo llamar la atención a los raros de corazón (esto es cosa de Denver). Es un sudor, cómo decirlo, tirando a deficitario, a muerto en vida, a espejo que refleja lo que realmente somos. Y qué decir de las palabras que no llegaron a puerto, las que se pronuncian en frases romas entre las tómbolas y los puestos de pollos. Alguna de ellas se rebela ante las palabras de estos tiempos que no construyen oraciones, sino que simplemente destruyen pensamientos. Todo eso nos espera el próximo mes, además de la transformación de los niños de la ciudad. Por un momento efímero se dan cuenta de lo que la vida es. En el mismo momento en que son capaces de convencer a sus padres para que se gasten unas monedas en los puestos de tiro, aprenden que la vida radica en los descampados del trato, en la pereza activa de los ausentes, y se muestran dispuestos a crecer en la infancia que arrastra a todos ellos. Es cierto que hoy me parezco a Denver, a mi querido amante sin sexo, a aquél que es capaz de insultar al mundo con la boca mediante palabras hermosas. Al que quiero y desgasto con mis quejas. Al chico que pretendo conquistar sin invadir las murallas del poblado.

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