22 de Mayo a los 18 años.
Es siempre lo mismo, pero no lo es, o acaso ya los coches no suenan al pasar tras mis ventanas, o es simplemente que los pájaros dejaron de aprovechar las ramas para vagabundear por el cemento, o soy yo sin ir más lejos, en busca de lo insondable y perecedero, igual que se arraigan las costumbres y los vacíos, sin embargo suele aparecer Delia para colocar los lápices en los escritorios y las incertidumbres en los recuerdos, pero ¿de qué me sirve?, se defraudan solas las cañerías cuando se congelan en los largos días de invierno, y bien lo sé porque se quejan como si fueran retortijones de un estómago indigestado por una copiosa cena navideña, y de nuevo aparece Delia en un horizonte que no reconozco para cantarme las cuarenta, no pierde así todo la ocasión para masturbarme en cuanto puede, pero delimita a la vez las lindes de la amistad, siempre directa al cuello, sin dejar marcas, pero la decepción es demasiado espesa, es casi niebla que no me deja ver el paisaje mientras avanzo kilómetros que no llevan a casi ningún sitio conocido, entonces se me pierde el norte y el desamparo ni tan siquiera sirve, tú estás aquí, dice Delia, tú estás en este momento que es tuyo y nada más que tuyo, ni tan siquiera a mí pertenece pues yo sólo comparto y degusto tu esperma mientras miras al infinito y ni tan siquiera jadeas, ¡claro que es mío, pero lo vendería en la feria del país del norte a los lugareños, o lo cambiaba por dos botes de tomate frito y unas sardinas, ¿y este sopor tan deprimente?, que ruina sin agujeros ni ladrillos desparramados en el terreno, que ruina es sentir que la vida soy yo y sin embargo es el dolor el que vive en los regazos cansados de mi tiempo, pero Delia siempre me dice que cierre la puerta y que la noche dure para siempre.